Mis confesiones
Mis confesiones Cierto dÃa me hallaba, arreglando los cirios en el altar de la Virgen, antes del oficio, cuando de pronto noté que MarÃa y su Hijo me contemplaban con expresión de gravedad y simpatÃa. Rompà a llorar y me postré de hinojos, y oré no sé por quién; por Larión, seguramente. Ignoro el tiempo que permanecà en esta actitud; pero me levanté con el pecho aliviado y el alma confortada.
Vlassi estaba ocupado en el altar mayor y murmuraba cosas incomprensibles. Franqueé las gradas y al llegar junto a él me miró.
—Pareces muy contento; qué, ¿has encontrado algún copeck? —dÃjome.
Estaba acostumbrado ya a este género de preguntas, pues con bastante frecuencia encontraba monedas por el suelo. Pero en aquella ocasión, sus palabras me lastimaron, como si me pincharán en el corazón.
—He rogado a Dios —dije.
—¿A cuál? ¡Tenemos más de cien por aquÃ! ¿Dónde está el Dios vivo? ¿Dónde está el verdadero, el que no es de madera, eh? ¡Ya puedes buscarlo!