Mis confesiones

Mis confesiones

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Poco a poco el auditorio iba engrosando; todos me escuchaban atentamente y al poner fin a mis palabras, reinaba a mi alrededor un gran silencio. Luego oí cómo Krinkof, el viejo fundidor de moldes, decía a Kostin:

—Este fraile ve las cosas más ampliamente que tú y tus camaradas. Busca el mal en la raíz, ¿entiendes?

Este comentario me fue sumamente grato; Krinkof me puso una mano en el hombro, y siguió diciendo:

—Háblanos otra vez, hermano. Es justo lo que dices. Pero, córtate ese pelo, aunque sólo sea un metro; es sucio llevar esas melenas, y hace reír a la gente.

Una voz gritó, regocijada:

—¡Y además, ¿oyes?, molesta para pegarse!

Empezaban las chanzas, y eso quería decir que la hostilidad se había disipado. Cuando el hombre ríe, el bruto que lleva dentro huye.

Kostin me llevó aparte:

—Matvei, ten cuidado. A quienes hablan como acabas de hacerlo los meten en la cárcel.

Quedé asombrado.

—¿Y por qué?

—Porque están prohibidas las propagandas.

—Te chanceas.

—Pregunta a Mikhailo. Él te informará mejor que yo.

Y alejóse.


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