Mis confesiones
Mis confesiones —¡No! —repuso—. TodavÃa es demasiado pronto. ¡Espera y medita, entretanto! Con tu carácter, si quedaras prendido en las redes del enemigo, te debatirÃas mucho tiempo y en balde. Después de nuestro discurso, opino que debes salir de aquÃ. Te quedan muchos problemas por resolver, y no eres suficientemente libre para cooperar a nuestra empresa. Su majestad y su belleza te seducen y arrastran; se ha desarrollado súbitamente ante tu espÃritu en todo su esplendor; te sucede como si te encontrases en un sitio donde se está construyendo un templo inmenso, maravilloso; se trabaja todos los dÃas, con ritmo y en silencio. Pero si intentas contribuir con tu trabajo al que se está realizando, desconociendo el plan y los detalles, los rasgos del templo se te aparecerán confusos; la visión, mal grabada en tu alma, se irá desvaneciendo, y el trabajo se te antojará inferior a tus fuerzas.
—¿Por qué arrojas agua frÃa sobre mis entusiasmos? —repliqué—. Me habÃa hecho un sitio en la vida; me sentÃa dichoso viendo que era útil.
Me atajó, con acento melancólico: