Mis confesiones

Mis confesiones

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Decía la verdad; en aquel entonces yo no era amigo de los libros; acostumbrado a la lectura de obras religiosas, no leía las profanas sino con grandísimo trabajo. La palabra hablada ejercía sobre mí más influencia que la escrita. Las ideas que recogía en los libros quedaban en la superficie de mi alma, y desaparecían muy pronto, derretidas en su llama. Y es que tampoco, se relacionaban con los problemas que tenía por fundamentales: «¿A qué leyes obedece Dios? ¿Por qué, después de haber creado el hombre a su imagen y semejanza, lo humilla contra la voluntad de su criatura? ¿Cuál es, pues, la voluntad de Dios?»

Otra cuestión que no era incompatible con lo anterior, perturbaba también mi espíritu: «¿Había descendido Dios de los cielos a la tierra, o era, por el contrario, la fuerza de los hombres la que le había exaltado desde la tierra hasta el cielo?» A este problema se unía el de la deificación considerada como obra del perenne trabajo del pueblo.

Mi alma se veía solicitada por dos deseos. Hubiera querido permanecer al lado de Mikhailo, al mismo tiempo que aspiraba a contrastar mis nuevas ideas y dirigirme en busca del desconocido que me había arrebatado la libertad y la paz del espíritu.

Tío Pedro me exhortó a que partiera:


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