Mis confesiones

Mis confesiones

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—Es conveniente que te vayas por algún tiempo, Matvei; empieza ya a hablarse demasiado de tus discursos, y eso podría llegar a ser peligroso…

Pero las cosas ocurrieron de modo que todo se arregló, sin necesidad de que yo me viera en el caso de adoptar una resolución. Una noche llegó a caballo un hombre, diciendo que los guardias estaban practicando un registro en la fábrica donde él trabajaba, y tenían la intención de hacer lo propio en la nuestra.

—¡Ah! ¡Llegan demasiado pronto! —exclamó Mikhailo, apesadumbrado.

Se produjo cierta confusión; tío Pedro volvió a aconsejarme:

—¡Márchate, Matvei, vete! ¡Nada has de hacer aquí! ¡No tienes por qué mezclarte en asuntos que no te afectan!

Y Mikhailo volvió a insistir:

—¡Sería mejor que partieses! Tu presencia aquí nos favorece muy poco, y, en cambio, puede proporcionarnos muchos disgustos.

Comprendí que lo que se proponían era desembarazarse de mí y eso me molestó mucho. Al propio tiempo, me daba cuenta de que temía a los guardias. No estaban allí todavía y ya temblaba yo. Aun comprendiendo que no estaba bien abandonar al prójimo en el momento del peligro, me sometí a la voluntad de mis hospitalarios amigos.


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