Mis confesiones

Mis confesiones

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Sabía el valor que había de concederse a aquellas palabras que entonces me parecieron repulsivas. Vlassi era un hombre decrépito, que andaba con grandes trabajos; se le doblaban las piernas y vacilaba, como si caminara sobre una maroma. No le quedaba un solo diente. Su rostro negruzco parecía un harapo, del que se destacaban dos ojos alocados. Había perdido el juicio; sus extravíos comenzaron poco después de la muerte de Larión.

—Yo no soy guardián de la iglesia, sino del rebaño; pastor nací y moriré pastor. ¡Pronto trocaré la iglesia por el prado!

Todos sabíamos que nunca había guardado rebaños.

—La iglesia es otro cementerio —decía—; una cosa muerta. Quiero ocuparme de algo que sea vivo. Tendré que volver a apacentar ganado; todos mis antepasados fueron pastores y yo también lo he sido hasta los cuarenta y dos años.

Larión se mofaba siempre de él; un día le había preguntado, riendo:

—En la antigüedad hubo un dios del ganado que se llamaba Voloss; ¿no sería tu tatarabuelo?

Vlassi le interrogó minuciosamente sobre el tal Voloss, y exclamó luego:


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