Mis confesiones

Mis confesiones

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Y comencé a disertar acerca de las injusticias de la vida. Las gentes fuéronse congregando nuevamente y el guardia se perdió entre ellas, confundido por completo. Me acordé de Kostia y de todos los camaradas de la fábrica; me invadió un profundo sentimiento de orgullo y una alegría inefable; era otra vez fuerte; creía estar soñando. El guardia hizo sonar el pito; aparecieron ante mí unos semblantes, para desaparecer de nuevo; los ojos centelleaban; la muchedumbre fluctuaba como un oleaje cálido que me levantaba; me sentía bien en aquel regazo.

Alguien me asió por la espalda, murmurándome al oído:

—¡Huye! ¡Basta por ahora! ¡Escapa! ¡Pronto!

Me vi empujado, hasta que, sin darme cuenta, me hallé en un patio en compañía de un hombre de negras barbas y de un joven aldeano con la cabeza destocada.

El barbudo me aconsejó:

—¡Salta por las bardas!

Obedecí; salté otra valla; todo aquello era extraño y divertido.

«¡Ah! —pensaba entre mí—. ¿Es cierto que hay compañerismo?…»

Y el hombre barbudo seguía instigándome:

—¡Vivo, camarada, vivo!

Mientras huíamos, le interrogué:

—¿Quién eres?


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