Mis confesiones
Mis confesiones —¡Eso es! Hace ya mucho tiempo que sé que yo soy ese dios. ¡Pero tengo miedo del párroco! Pero, aguarda, sacristán; no se lo digas. Cuando llegue la ocasión, se lo diré yo mismo… vaya…
Fue imposible quitarle esa manÃa.
Yo sabÃa que estaba loco y, sin embargo, me turbaba.
—¡Ten cuidado —le dije—, que Dios puede castigarte!
—¡Yo también soy un dios! —refunfuñó.
Inopinadamente se me enredó un pie en la alfombra y casi me caÃ; interpreté ese incidente como un presagio.