Mis confesiones

Mis confesiones

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—De los tuyos —contestó.

El joven destocado nos seguía en silencio. Después de haber cruzado unos campos pantanosos, bajamos por una barranca, por cuyo fondo se deslizaba un arroyuelo. Entre los zarzales se abría una vereda. El hombre barbudo me estrechó la mano, me miró a los ojos y me dijo sonriendo:

—¡Bueno! ¡Buen viaje! Fedink te acompañará hasta dejarte encaminado. ¡Adiós!

El joven interrumpió:

—Vete ya, que pueden advertir tu ausencia.

El otro se agachó, empezando a subir la cuesta, mientras Fedink y yo seguíamos el curso del agua.

—¿Qué clase de hombre es ése? —pregunté.

—Un desterrado por cuestiones políticas.

—¡Conozco muchos de éstos!

Estaba gozoso. Mi guía no despegaba los labios.

Me puse a examinarle. Tenía el rostro redondo y achatado, como si fuese esculpido en un bloque de piedra, y sus ojos grises eran prominentes. Hablaba con voz sorda y andaba sin hacer ruido. Erguía todo el cuerpo, como si prestase atención a algo desconocido o una fuerza poderosa lo atrajese en el aire. Llevaba las manos cruzadas a la espalda, detalle que me recordó a mi suegro.

—¿Eres de aquí?

—Soy un obrero del campo; trabajo en casa del pope.


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