Mis confesiones

Mis confesiones

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—¿Dónde tienes la gorra?

Llevóse una mano a la cabeza, me miró y repuso:

—¿Por qué te preocupa eso?

—La noche se acerca y hará fresco.

Permaneció callado un momento; y luego refunfuñó en tono brusco:

—¡Que el diablo se lleve la gorra, mientras me deje la cabeza!

La cuesta se acentuaba por momentos y el rumor del arroyo era más sonoro. La oscuridad iba subiendo desde los arbustos.

Poseído de un sentimiento vago, pero agradable, reanudé la conversación:

—¿No hay más que un desterrado en ese pueblo?

Con la misma facilidad que si se hubiese desabrochado la pelliza, el mozo me abrió enteramente su pecho, y con voz pausada y monótona empezó a contar:

—Cuatro: un noble de Moscú y tres obreros del territorio del Don. Dos de estos últimos son sumisos: incluso beben aguardiente. Pero el noble y Rakof, que es ése que estaba con nosotros, hablan en secreto, aunque no mucho. Por aquí hay muchos deportados; hace ya cinco años que yo estoy aquí. Y durante este tiempo he conocido once: ocho en Olckhin, tres en Schichkhovo…

Estuvo mucho rato contando; el total de deportados ascendía a unos sesenta. Tras una pausa prosiguió, agitando los dedos:


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