Mis confesiones

Mis confesiones

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—Entre ellos se cuentan también algunos campesinos. Todos dicen lo mismo: «Esta vida no vale nada, nos ahoga». Antes de oír estas expresiones, yo vivía muy tranquilamente, pero ahora comprendo que no he acabado todavía de crecer, cuando ya es necesario agachar la cabeza. ¡Es mucha verdad, se está estrecho!

Hablaba con un esfuerzo, como si fuese arrancando las palabras del suelo. Era robusto y de amplias espaldas. Caminaba delante de mí, sin volver nunca la cabeza.

—¿Sabes leer y escribir? —le pregunté.

—Sabía, pero lo he olvidado; ahora vuelvo a aprender, y la cosa no va mal del todo. ¡Hay que instruirse! Si no fueran más que los maestros los que hablan de la estrechez de la vida, no haría caso; ellos han tenido siempre ideas muy distintas de las nuestras. Pero cuando el obrero repite lo mismo, es porque será verdad.

»Y además, ocurre que ahora un hombre del pueblo alcanza a ver más lejos que un noble. Por tanto, ha empezado algo de carácter general y humano. Eso es lo que dicen: “general”, “humano”. Y como yo soy hombre, he de seguirles. Y ahora, estoy reflexionando…

Mientras él hablaba, yo me iba diciendo: «¡Aprende, Matvei!»

—¿Para qué pensar? ¡Eso es cuestión de Dios!

Detúvose en seco, como un palo plantado en tierra, tan bruscamente que casi tropecé con él. Volvió la cara hacia mí y me preguntó en tono solemne:


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