Mis confesiones
Mis confesiones Mi compañero me producía el efecto de un pedrusco que fuese rodando hasta el fondo del declive. Sus palabras de ansiedad resonaban en la sombra:
—No soy feliz, no. Tuve un hermano soldado, que se ahorcó; mi hermana era sirvienta de unos colonos, cerca de Birsky; tuvo un hijo patizambo, que, con sus cuatro años cumplidos, no anda todavía. De consiguiente, esta muchacha no puede pensar en ningún hombre. ¿Qué será de ella? Nuestro padre es un borracho y mi hermano mayor se ha quedado con todas las tierras. No tengo nada…
Cruzábamos entre arbustos en una oscuridad grisácea; el arroyo quedaba lejos de nosotros, para volver luego a deslizarse a nuestros pies. Las aves nocturnas volaban, sigilosas, por encima de nuestras cabezas; más allá titilaban las estrellas. Hubiera deseado acelerar el paso, pero el joven me precedía andando sin la menor prisa, y murmurando de continuo, como si fuese contando sus ideas y calculando su peso.