Mis confesiones
Mis confesiones —Me hago cargo de muchas cosas. Mi hermano se suicidó; eso ocurre en el servicio militar, y la historia de mi hermana tampoco es rara. ¡Pero lo que no concibo es por qué se atormenta a Rakof hasta matarlo! Yo le obedezco como un perro; iré dondequiera me mande. ¡No puedo soportar que le persigan sin descanso!
Y a semejanza de un monje embriagado, prorrumpió de nuevo en fementidos votos.
El declive se ensanchaba, y los árboles se empequeñecÃan gradualmente hasta el llano, envueltos en las tinieblas.
—¡Vaya, adiós! —me dijo el joven.
Me señaló el camino que habÃa de conducirme a Omsk, y dio la vuelta, desapareciendo poco a poco, con la cabeza descubierta.
Apenas se hubo apagado el ruido de sus fuertes pasos, me senté.
La noche se habÃa acurrucado en el suelo y se dormÃa, fresca y espesa como aceite. En el firmamento no lucÃan ni la luna ni las estrellas; ninguna luz palpitaba por aquellas inmediaciones; y, sin embargo, yo estaba envuelto en calor y claridad. Las palabras de mi guÃa resonaban en mi mente, produciéndome el efecto de estar oyendo una campana que, después de haber permanecido mucho tiempo enterrada, volvÃa, comida de herrumbre, a tocar con unos sones amortiguados, pero nuevos.