Mis confesiones

Mis confesiones

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Desde ese momento se suscitó en mí un amor apasionado por todo lo que se relacionaba con la iglesia. Los impulsos de mi corazón infantil eran tan grandes, que todo lo consideraba sagrado: no sólo las imágenes y los Evangelios, sino también los candelabros y el incensario; hasta el carbón de éste era precioso a mis ojos. Tocaba esos objetos con goce, con emoción respetuosa; al pisar los peldaños del altar, se me paralizaba el corazón y me sentía desfallecer. Me parecía hallarme bajo la mirada del que lo ve todo, del que guiaba mis pasos, rodeándome de una energía ultraterrena y confortándome con su luz centelleante y deslumbradora; no veía nada que no fuera yo mismo. Algunas veces me quedaba en el templo, solo, sumido en las tinieblas; pero en mi interior había claridades, porque allí estaba mi Dios y no dejaba sitio a los pesares infantiles, a los tormentos ni a nada de lo que a mi alrededor se agitaba; es decir, la vida humana. Cuanto más nos acercamos a Dios, más lejos vivimos de los hombres; pero eso yo no podía comprenderlo entonces, como es natural.






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