Mis confesiones
Mis confesiones EN el gobierno de Kazán recibí el último golpe en el corazón, el golpe que finaliza la construcción de un templo.
Cuando llegué a la ermita de Serniozerna, se hacían los preparativos para recibir en solemne procesión la milagrosa imagen de la Virgen, que volvía de la ciudad.
Desde una loma contemplaba todos los parajes circundantes; en negros torrentes la muchedumbre se deslizaba hacia las verjas del monasterio, agitándose y descomponiéndose contra los muros. El sol se acercaba al ocaso y sus rayos otoñales eran como de púrpura. Las campanas palpitaban, cual aves dispuestas a emprender el vuelo, después de haber cantado; las cabezas descubiertas de aquella multitud, teñidas de escarlata por los rayos del ocaso, parecían grandes amapolas.
En las verjas del convento se esperaba la realización de un milagro; en un cochecito de mano yacía una muchacha, inmóvil, la faz descolorida como cera coagulada, y los ojos entornados. Toda la vida de la enferma se había refugiado en el estremecimiento de sus largas pestañas.
Junto a ella estaban sus padres; él era de alta estatura, calvo, con barba canosa y la nariz prominente; la madre, corpulenta y de cara redonda.
La gente se arremolinaba para ver a la paralítica, y el padre decía con voz mesurada:
