Mis confesiones
Mis confesiones Leía con avidez todos los libros religiosos que caían en mis manos. Mi corazón se henchía con la palabra divina, mi alma se empapaba de esa exquisita dulzura y se abría en mi pecho un manantial de lágrimas de reconocimiento. Muchas veces llegaba a la iglesia antes que los otros fieles, me arrodillaba ante la imagen de la Trinidad y derramaba lágrimas sencillas y humildes, sin reflexión ni preces. Nada tenía que pedirle a Dios; mi adoración era completamente desinteresada.
Recuerdo estas palabras de Larión:
—Cuando ruegas a Dios con los labios, ruegas al aire pero no a Dios. ¡Dios no es como los hombres; se fija en los pensamientos y no en las palabras!
Yo ni siquiera tenía pensamientos: me arrodillaba tarareando en voz baja una canción alegre, dichoso al pensar que no me encontraba solo en el mundo, que Dios estaba junto a mí y me protegía.
Fue éste un período de felicidad, como una fiesta placentera y jubilosa. Gustaba de quedarme solo en la iglesia una vez apagados los ruidos y cuchicheos. Entonces me adentraba extraviadamente en el silencio, como si ascendiera a las nubes desde cuya altura los hombres y todo lo humano se iba haciendo imperceptible.
Pero Vlassi me molestaba arrastrando los pies por las losas, vacilando a cada paso como la sombra de un árbol sacudido por el viento; su boca desdentada gruñía: