Mis confesiones
Mis confesiones —¡No tengo nada que hacer aquÃ! Ésta no es ocupación para mÃ. ¡Yo soy un dios; el pastor de todo el rebaño terrenal, vaya! Mañana me iré por los campos. ¿Por qué me han desterrado aquÃ, entre estas frÃas tinieblas? Eso no es trabajo mÃo…
Esas blasfemias me llenaban de inquietud, porque me figuraba que aquel profano manchaba la pureza del templo y que Dios estaba irritado viéndolo en su morada.
Empezóse a notar mi devoción y mi fervor religioso; el párroco, cuando nie veÃa, me bendecÃa de un modo particular, y yo debÃa entonces besarle la mano, que estaba siempre frÃa y cubierta de sudor. Aunque le envidiaba por estar iniciado en los misterios divinos, me era antipático y me daba miedo.
Los ojitos mates de Titof, semejantes a botones, me acechaban constantemente. Todos nie trataban con ciertas precauciones, como si yo fuera de vidrio. En más de una ocasión, la pequeña Olga me preguntó con voz queda:
—¿Serás santo?