Mis confesiones
Mis confesiones Mi presencia la intimidaba, aun en los momentos que la acariciaba o le refería historias religiosas. Durante las noches de invierno, les leía en voz alta el Prólogo de Minea. Afuera erraban los torbellinos de nieve, azotando los muros quejumbrosamente. En el interior reinaba el silencio más absoluto; nadie se movía. Titof, cabizbajo, no mostraba su semblante; Nastasia, soñolienta, fijaba en mí sus miradas. Cuando crujía la nieve se estremecía, paseaba una mirada a su alrededor, y sonreíame amablemente. De vez en cuando me preguntaba el significado de algún vocablo; su voz dulce, quedaba flotando un instante, y caíamos de nuevo en el silencio; afuera, la nieve alada cantaba con plañidos buscando el reposo y voltigeando por los campos.
Los santos mártires, que en su vida y con su muerte habían luchado por el Señor y celebrado su grandeza, me eran singularmente queridos. Admiraba también a los hombres píos y misericordiosos que lo habían sacrificado todo por amor al prójimo; pero no comprendía a los que, en nombre de Dios, abandonaban el mundo para vivir en el desierto o en cavernas. Se me figuraba que los anacoretas y estilitas atribuían demasiado poderío a Satanás, cuando tanto le huían.