Mis confesiones
Mis confesiones ¡Qué me importaba a mà aquello! Mis preces no tenÃan objeto alguno; eran como el canto que el pájaro entona al sol. Dediquéme, sin embargo, a rogar por él, por su mujer y, sobre todo, por la pequeña Olga, convertida ya en una moza bella, dulce y delicada.
Adopté la letra de los salmos de David y recé además todas las otras oraciones que me eran conocidas. Me complacÃa recitar aquellas frases en tono cadencioso y cantarÃn; pero en cuanto pronunciaba, refiriéndome a Titof: «Señor, ten, en tu gracia, piedad de tu servidor Jorge…», el corazón se me oprimÃa, agotábase el manantial de mis efusiones, se enturbiaba la serenidad de mi goce, sentÃame abochornado ante Dios y no podÃa continuar… Bajando los ojos para no ver las caras de las imágenes sagradas, me levantaba poseÃdo de un sentimiento mezcla de engorro y de pesar; me sentÃa invadido de inquietud; ¿qué me pasaba? Intentaba explicármelo, sin conseguirlo, y lloraba mi perdida alegrÃa que aquel hombre habÃa destruido…