Mis confesiones
Mis confesiones CUANDO los domingos iba al pueblo, las gentes me miraban con curiosidad; unos me saludaban riéndose; otros permanecÃan graves, y, no pasaba inadvertido de nadie.
—¡Ahà va nuestro pozo de oraciones! —decÃan.
—Oye, Matvei; ¿te propones llegar a santo?
—No os burléis, muchachos, que no se trata de un cura; si cree en Dios no es para sacar dinero.
—¿No hubo santos que fueron campesinos?
—Todo sale de nosotros y, sin embargo, no somos ricos.
—¡Pero si éste no es un labriego! ¡Es un señorito ilegÃtimo!
Y las alabanzas se enredaban con las injurias.
En aquel tiempo mi estado de espÃritu era muy particular; estaba deseando que todo el mundo fuera amable conmigo, para poder vivir en paz con todos; hice esfuerzos para conseguirlo, pero sus sarcasmos me lo impedÃan.
Savelko Miguoune era el que con más empeño me perseguÃa. No pocas veces cuando nos tropezábamos se prosternaba a mis pies y prorrumpÃa en tono declamatorio:
—¡Salve, santidad! Rogad por Savelko; tal vez Dios os preste oÃdos. ¡Enseñadme a cumplir con Dios! ¿Debo dejar el robo o bien robar más y luego ofrendar un gran cirio?