Mis confesiones

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V

AL día siguiente manifesté a Titof que Olga y yo nos amábamos y queríamos casarnos.

Se acarició el bigote, sonriendo, y comenzó a zaherirme:

—Todo parece dispuesto para que seas hijo mío, Matvei. ¡Parece que ésa es la voluntad de Dios, no lo niego! Eres un muchacho formal, modesto, fuerte, devoto, un verdadero tesoro bajo todos los aspectos; lo digo sin lisonja. Pero para ganarse bien la vida hay que conocer los negocios y no te veo muy aficionado a ellos. Éste es el primer inconveniente. Pero hay otro, y es que dentro de dos años ingresas en el servicio militar. Si tuvieras ahorrillos, aunque no fueran más que quinientos rublos, podrías redimirte; yo lo hubiera arreglado… Pero no tienes dinero… partirás y Olga se quedará aquí; ni casada ni viuda…

Esas palabras me destrozaron el corazón. Los bigotes de Titof estaban agitados; sus ojos se animaban con un brillo verduzco… Yo pensaba en el servicio militar y esa idea me llenaba de espanto y de asco. No reunía ninguna condición para la vida de soldado. En el cuartel se vive siempre en contacto con mucha gente, que se me haría insoportable, sin contar con las borracheras, las blasfemias y las riñas. Sabía que en el regimiento todo era irritante. El discurso de Titof me dejó abrumado.

—Pues bien —exclamé—; me haré fraile.


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