Mis confesiones
Mis confesiones ¡Ven en mi socorro, Señor! Edifícame para que pueda seguir por tus senderos y mi alma no se manche con el pecado. Tú eres omnipotente y misericordioso. ¡Guarda a tu servidor de todo mal, infúndele fuerzas para luchar contra la tentación y que no sea vencido por las mañas del enemigo y no pueda dudar de tu amor!
De esa manera hacía descender a Dios desde las cumbres de su belleza inefable, para convertirlo en defensor de mis mezquinos intereses.
Olga, entretanto, se iba consumiendo de tristeza, como una bujía devorada por la llama. Quería imaginármela viviendo con otro hombre; pero me era imposible concebirla de otra manera que siendo mía.
Con la fuerza del amor, llega el hombre a formarse otro yo. Estaba persuadido de que la joven leía en mi alma, adivinaba mis pensamientos; y ello me era tan indispensable como yo lo era para mí mismo. Olga me miraba siempre con los ojos arrasados en lágrimas, y pasaba los días silenciosa y suspirando. Titof continuaba disimulando sus manos mancilladas, y merodeaba sin ruido a mi alrededor como un cuervo sobre un perro moribundo, para arrancarle los ojos apenas muriese. Transcurrió un mes sin que la situación se alterara. Tenía la sensación de hallarme al borde de un escarpado barranco, que no sabía cómo franquear. Sentía angustia y desazón.
Cierto día, Titof penetró en el despacho y me dijo: