Mis confesiones

Mis confesiones

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Pusimos manos a la obra. Yo era listo en negocios y había sido siempre audaz. Empezó, pues, el saqueo de los colonos; parecía como si jugásemos al ajedrez. Titof adelantaba una pieza y yo otra. Guardábamos silencio la mayor parte del tiempo, limitándonos a cruzar, de vez en cuando, algunas miradas. Brillaba en sus ojos un fulgor verdoso de ironía; en los míos estallaba la cólera. Aquel hombre me había vencido, me tenía entre sus manos, pero no podía ser menos que él en nada, ni aún en las malas acciones. Yo me encargaba de recibir el lino, y anotaba pesos falsos; omitía sentar en los libros las indemnizaciones que sacáramos a los aldeanos por pastoreo abusivo. Desplumaba a aquellas gentes, copeck tras copeck; pero no contaba el dinero, que ni siquiera pasaba por mis manos. Titof se quedaba con todo. Claro está que eso no disculpaba mi conducta ni era tampoco un consuelo para los esquilmados.

Por aquellos tiempos yo estaba como rabioso. Me sentía abrumado, me ahogaba. Cuando pensaba en Dios, sentía como si me quemara. Más de una vez le dirigí mis reproches.

—¿Por qué no impides mi caída con tu poder? ¿Por qué me sometes a una prueba superior a mis fuerzas? ¿No ves, Señor, que mi alma desfallece?

Había momentos en que incluso Olga se me aparecía como algo indiferente; la contemplaba encolerizado:


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