Mis confesiones

Mis confesiones

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«¡Desgraciada! —pensaba—. ¡Tú eres la causa de que venda mi alma!»

Después me sentía avergonzado y procuraba tratarla con ternura.

Pero he de confesar que sufría y rechinaba los dientes, no por piedad para conmigo o para con los otros, sino porque comprendía mi impotencia con Titof, a cuya voluntad me hallaba sojuzgado. Al evocar sus palabras sobre los justos, se me helaba la sangre; me daba cuenta de que él conocía mis torturas.

Él decía con aire de triunfo:

—Vamos, santo varón; hay que pensar en tu celda. Si vivimos todos juntos, estaremos muy apretados, porque vosotros vais a tener hijos.

Me llamaba «santo varón». Permanecí en silencio.

Continuó aplicándome ese calificativo muy a menudo. Su hija se mostraba siempre conmigo tierna y cariñosa. Adivinaba cuánto sufría yo.


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