Mis confesiones
Mis confesiones Tras mucho mendigar, pudo obtener Titof una parcela de tierra: había conquistado al intendente de los Lossef. Era un hermoso terreno situado en las cercanías de la aldea, en el que empezó a construir una choza para nosotros. Entretanto, yo proseguía la tarea de exprimir a los labriegos. Los negocios iban bien y la bolsa se llenaba. La casa iba levantándose y lucía bajo el sol como un nido de oro. Estaba ya cubierta y se iba a emplazar la estufa, de manera que poco después, para el otoño, estaría habitable.
Cierto día, al atardecer, regresaba yo de Jakimovky, donde había ido a embargar el ganado de algunos labriegos morosos, cuando al trasponer el bosque que domina el pueblo, divisé una casa que era pasto de las llamas.
De pronto, creí que era efecto de un reflejo del sol, cuyos rayos rojizos envolvían la casa como para transportarla al cielo. Pero, ya más cerca, columbré gentes que corrían y oí crepitar el fuego y crujir la madera.
Me dio un vuelco el corazón; comprendí que Dios era enemigo mío. De haber tenido en la mano una piedra, la hubiera arrojado al cielo. Estaba viendo cómo el fruto de mis robos se consumía en humo y pavesas; yo mismo me sentía arder: