Mis confesiones
Mis confesiones Se apagó la hoguera y todo quedó nuevamente sombrÃo y en sosiego. Acá y acullá brillaban todavÃa algunas lenguas de fuego, entre las tinieblas; asà también, los niños, cansados de llorar sollozan quedo y entrecortadamente. El cielo estaba nublado; la ribera relucÃa como una hoja de acero perdida entre los campos. Hubiera querido recogerla y arrojarla al aire, para que zumbase por encima de la tierra. Entré en el pueblo alrededor de medianoche. Olga y su padre esperaban en el umbral.
—¿Dónde estabas? —inquirió Titof.
—En la colina, contemplando el incendio.
—¿Por qué no corriste a sofocarlo?
—¿Acaso soy taumaturgo? ¡No porque escupiera en el fuego, se hubiera éste apagado!
Titof dijo con acento entristecido:
—No sé qué hacer.
—Ante todo, reedificar.
En aquellos instantes mi tenacidad era tal, que me sentÃa capaz de coger vigas, comenzar inmediatamente a reconstruir la casa y terminarla en el acto, pues aun cuando desmentÃa la voluntad de Dios, ansiaba saber con absoluta certeza si Él estaba contra mà o no…