Mis confesiones

Mis confesiones

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Volvimos al robo. ¡Qué de argucias que inventé! En otros tiempos, por la noche rogaba a Dios sin tener conciencia de mí mismo. Pero entonces me desvelaba ideando procedimientos para aumentar mis ganancias. Era la única cosa que me preocupaba; y, sin embargo, me constaba que hacía derramar muchas lágrimas, que arrebataba el último mendrugo a mucha gente y que no pocos niños perecían de hambre a causa de mi rapacidad. Ahora, al evocar tan abominables cosas, me ahoga la vergüenza; pero no puedo por menos que sonreír ante mi avidez y mi ingenuidad de antaño, que en verdad eran grandes.

Los santos ya no me contemplaban con ojos tristes y bondadosos; parecían espiarme como el padre de Olga. En cierta ocasión metí en mi bolsillo una moneda de cincuenta copecks que el estaroste había dejado olvidada sobre su mesa de despacho. ¡A qué extremo había llegado!

Otro día me aconteció algo muy particular. Olga se acercó a mí y posando sus delicadas manos en mis hombros, me dijo:

—¡Matvei, que el Señor sea contigo! ¡Te quiero más que a nadie!



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