Mis confesiones

Mis confesiones

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Pronunció esas luminosas palabras con extrema simplicidad, con el mismo tono natural que un niño dice «¡mamá!». Como en las antiguas leyendas, me sentí animado de una fuerza naciente y desde ese momento mi amor por Olga creció hasta el infinito. Era la primera vez que me confesaba su amor, y fue también la primera que la estreché entre mis brazos y la besé de tal modo que me anonadé, que dejé de existir como en las horas de ardientes emociones.

La nueva casa quedó terminada a primeros de octubre. Resultaba un tanto pintarrajeada; además, se habían aprovechado las vigas ennegrecidas salvadas del incendio. Al poco tiempo se celebró la boda; mi suegro se embriagó y reía incesantemente como un diablo triunfante. Su mujer nos contemplaba y dejaba fluir el llanto en silencio; otras veces sonreía, mientras las lágrimas se iban deslizando por sus mejillas.

Titof aullaba:

—¡Ea! ¡No llores más! ¡Mira qué guapo yerno el nuestro! ¡Un hombre íntegro, un santo!

Y acto seguido disparaba un chaparrón de espantables juramentos.


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