Mis confesiones

Mis confesiones

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Entre los invitados figuraban todos los personajes del pueblo: el párroco, por descontado, el escribano, los dos síndicos de la bailía y otros de menor enjundia. Los campesinos se agolpaban bajo nuestras ventanas; Savelko se destacaba entre la muchedumbre; a pesar de sus años, conservaba su carácter jovial. Se oían los sones de su guitarra.

Yo estaba junto a la ventana; la voz penetrante de Savelko llegaba a mis oídos; en aquella circunstancia no se atrevía a lanzar sus sátiras en voz muy alta, pero pude percibir algo de su canción:

¡Apresuraos a tragar y reventar!

¡Comed hasta saciaros y estallar!

Sus chanzas no me disgustaban; pero tenía a mi lado un ser querido de quien ocuparme. Olga se apretaba contra mí, musitándome al oído:

—¡Si al menos esta comilona se acabara pronto!

La glotonería de aquellas gentes le daba náuseas, y a mí también.

Apenas nos encontramos solos, los dos rompimos a llorar. Sentados en la cama, sollozábamos de dicha, embriagados por la dulzura del matrimonio, del que no teníamos la menor idea. Permanecimos desvelados hasta la madrugada, besándonos y forjando planes. Para vernos mejor, encendimos la bujía.

Olga me dijo, a tiempo que me enlazaba efusivamente con sus brazos ardorosos:


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