Mis confesiones

Mis confesiones

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No me hallaba yo en disposición de ofenderme por ese calificativo; por otra parte, tampoco había motivo de enojo. Nuestras autoridades tenían la costumbre de injuriar a las gentes, tanto por maldad, como por tontería.

—Ruego a Vuestra Reverencia se digne oírme.

Iba a sentarme en una silla, cuando el viejo agitó la mano, exclamando:

—¡Levántate! ¡Levántate! ¡Debías postrarte de hinojos ante mí, impío!

—¿Por qué? ¡Si soy culpable, es contra Dios, pero no contra vos!

Su cólera subió al punto.

—¿Y yo, quién soy entonces, yo? ¿Quién crees que soy? ¿Quién soy yo, ante Dios?

Me repugnó discutir por semejante nonada. Me prosterné. Silbó entre dientes, amenazándome con el dedo: —¡Yo te enseñaré a respetar a los clérigos! Las ganas de discutir con aquel hombre se me iban pasando poco a poco. Antes de que desaparecieran por entero, comencé a explicarme, hasta que, al poco rato, me había olvidado de mi interlocutor; era la primera vez que expresaba mis pensamientos en voz alta. Estaba sorprendido de mis propias palabras y experimentaba la sensación de hallarme en una hoguera.

De repente, percibí la voz del viejo, que me interrumpía a gritos:


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