Mis confesiones
Mis confesiones —¡Calla, desgraciado!
Fue como si en el curso de una carrera desenfrenada hubiera dado de cabeza contra un muro. El arcipreste se hallaba de pie ante mÃ, y decÃa, extendiendo sus manos temblorosas:
—¿Comprendes tus palabras, bruto insensato? ¿Te das cuenta de la magnitud de tu impiedad, maldito? Mientes, hereje; tú no has venido con intención de confesarte; es el diablo el que te envÃa para tentarme.
Comprendà que el miedo, más que la cólera, lo animaba. Estaba estremecido: sus manos, tendidas hacia mÃ, temblaban constantemente.
Me sentà atemorizado.
—Pero ¿qué decÃs? ¡Yo creo en Dios, lo juro a Vuestra Reverencia!
—¡Mientes, perro extraviado!
Y me amenazó con la cólera y la venganza divinas. Hablaba con voz sorda y entrecortada. El Dios invocado por él era duro e intransigente; su misericordia era limitada y su crueldad le hacÃa semejante a Jehová, el Dios antiguo.
Volvà a replicarle:
—¡Pero estáis incurriendo en herejÃa! ¿Es, por ventura, el Dios cristiano, ese que invocáis? ¿Dónde ocultáis, pues, a Jesús? ¿Por qué privais a los hombres de su amigo y su socorro? ¿Por qué les ponéis un juez en lugar de Cristo?