Mis confesiones

Mis confesiones

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Asióme por los cabellos e imprecóme con acento de grande cólera:

—¿Quién eres tú, maldito, quién eres? ¡Voy a entregarte a la policía, te voy a mandar a la cárcel, a un convento, a la Siberia!…

En aquel momento, me sobrepuse. Puesto que aquel hombre invocaba a la policía para sostener a su Dios, era evidente que ni él ni su Dios poseían fuerza alguna, y menos aun, Razón ni Verdad.

Me levanté de nuevo y le dije:

—¡Dejadme!

El viejo se apartó, jadeante:

—¿Qué vas a hacer?

—Voy a marcharme… Nada tengo que aprender aquí; vuestras palabras son muertas, y matais a Dios al proferirlas.

Volvió a sus amenazas. Poco me importaban; ni él ni la policía, me daban ningún miedo.

—Son los ángeles los que velan por la gloria de Dios, y no los agentes de policía —repuse—; pero si vuestra opinión es otra, obraré en consecuencia.

Se abalanzó sobre mí, lívido de cólera.

—¡Alexis —gritaba—, echadle!

Y Alexis obedeció con extremado celo.

* * *


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