Mis confesiones

Mis confesiones

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Caía la noche. Mi entrevista con el arcipreste se había prolongado dos horas. La calle estaba oscura. Era la noche de Navidad; por doquier, gente que paseaba, riendo y charlando; yo caminaba lentamente, observando a los que pasaban; me sentía atormentado y con ansias de gritar a toda aquella gente:

—¡Eh! ¿De qué ríes, pueblo? ¡Mira cómo mutilan a tu Dios!

Andaba sin objeto, tambaleándome como un beodo, sin saber dónde me dirigía. No quería regresar a la fonda, donde reinaba la algarabía de la borrachera. Salí a las afueras de la ciudad. Las casonas contemplaban los campos con ojos amarillentos; el viento jugueteaba con los copos de nieve, haciéndoles revoltijear silbando. Tenía sed, hubiera deseado embriagarme, pero a solas.

Me sentía extraño a todo el mundo y culpable con todos.

«¿A dónde iría a parar, si siguiera a lo largo de los campos?» —me preguntaba.

Súbitamente se me apareció una mujer que salía de un patio; iba sin abrigo, embozada en un mantón. Me miró, preguntándome:

—¿Cómo te llamas?

Figurándome que se entretenía en adivinar el nombre de su futuro marido, preguntando el del primero que pasara, como es costumbre en Nochebuena, le contesté:

—No te lo diré, porque soy hombre desdichado.


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