Mis confesiones

Mis confesiones

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Rióse de buena gana.

—¿Cómo así, en un día de fiesta?

Yo no estaba propicio a la alegría.

—¿Hay una taberna por aquí? —le pregunté—. Desearía calentarme; ¡hace tanto frío!

Me miró fijamente y habló con voz acariciadora:

—Hay una taberna allá abajo; pero si quieres, puedes venir a mi casa y te serviré un poco de té.

Irreflexivamente, y a pesar mío, la seguí.

Poco después me encontré en un dormitorio. De una pared pendía una lámpara encendida; en un rincón, una mujer, gorda y vieja, aparecía sentada bajo unas imágenes y mascullaba no sé qué… El samovar estaba preparado sobre la mesa; el ambiente era tibio. La mujer que me acompañara me hizo sentar. Era joven; tenía el cutis coloreado y el pecho abultado. Desde su rincón, la vieja me miraba respingando. Los ojos parecían haber huido de su cara arrugada. Yo estaba inquieto. ¿Por qué estaba allí? ¿Quiénes eran aquellas mujeres?

Me encaré con la joven:

—¿Cuál es vuestra ocupación?

—Hago puntilla.

En efecto; de un arraque pendían arracimados varios husos.

Con una sonrisa provocativa y clavando sus ojos en los míos, agregó:

—Y además… paseo.


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