Mis confesiones

Mis confesiones

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La vieja lanzó una carcajada ordinaria.

—Pero Tatiana, ¿no te da vergüenza?

Sin esa exclamación de la vieja, no hubiera todavía comprendido. Me sentí cohibido. Era la primera vez que me encontraba cerca de una mujer pública, y, como es natural, era muy mala la opinión que me merecían.

Tatiana seguía riendo.

—¡Pero, mira, Petrovna, se está sonrojando!

Yo empezaba a enojarme. ¡En qué manos había caído! Salía de confesarme para ir a dar en la impureza.

—Pero ¿habrá quien se alabe de semejante cosa? —dije a la muchacha.

—Pues sí, ya lo ves; yo me alabo de ello —respondió con insolencia.

La vieja volvió a sus respingos.

—¡Eh, Tatiana! ¡Tatiana!

No sabía qué decir ni qué hacer para retirarme. Seguía allí, sentado, silencioso. El vendaval azotaba la ventana; el samovar resoplaba, y Tatiana comenzó sus cuchufletas:

—¡Uf! ¡Qué calor!

Y se desabrochó el cuello de la blusa. Su semblante era bonito y tenía unos ojos que me atraían, a pesar de su impertinencia. La vieja puso en la mesa una botella de aguardiente y un frasco de licor.

«Tomaré un vaso de aguardiente, pagaré y me iré», pensaba.


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