Mis confesiones
Mis confesiones Tatiana inquirió:
—¿Por qué estás tan triste?
No pude por menos que contestarle:
—Mi mujer ha muerto.
Entonces, ella siguió en voz más baja:
—¿Hace mucho tiempo?
—Cinco semanas.
La muchacha abrochóse el cuello y se mostró más prudente. Esto me satisfizo; la contemplé sin desplegar los labios y, mentalmente, le di las gracias. Aunque mi pena era muy grande, al fin era hombre que estaba habituado al trato de la mujer: habÃa estado casado dos años.
La vieja dijo con voz entrecortada:
—Tu mujer ha muerto. Y eso, ¿qué importa? Eres joven y encontrarás tantas mujeres como quieras.
Tatiana le ordenó severamente:
—¡Ve a acostarte, Petrovna; vete a dormir! Yo acompañaré a nuestro huésped, y cerraré la puerta.
Cuando hubo salido la vieja, Tatiana me interrogó con voz pausada y cariñosa:
—¿Tenéis padres?
—No; no tengo a nadie.
—¿Y amigos?
—Tampoco.
—¿Qué haréis, pues?
—¡No lo sé!