Mis confesiones
Mis confesiones Reflexionó un instante, y levantóse:
—Veo que estáis completamente desamparado, y os aconsejo que no permanezcáis solo. Me habéis seguido a la primera indicación; acaso otra vez caerÃais en un lugar de donde no os serÃa fácil salir. ¡Estamos en la ciudad! Podéis quedaros aquÃ, donde tenéis una cama para esta noche. Si tenéis reparos en ser hospedado gratuitamente, podéis dar algo a Petrovna. Y si os importuno, decÃdmelo con franqueza y me retiraré.
Sus palabras y la expresión de sus pupilas me impresionaron gratamente; hube de manifestarle la alegrÃa que experimentaba.
Invitóme a tomar unos sorbos de té o de licor y me preguntó si querÃa algo más. Esa amistad serena, me conmovÃa. Mi corazón estaba gozoso como un pájaro herido que divisa el sol de primavera.
—Perdonad mi franqueza —le dije—; pero desearÃa saber si decÃais verdad al juzgaros como lo habéis hecho.
—Es cierto; soy una mujer pública.
—Excusadme. Pero es la primera vez que veo una, y me avergüenzo…
—Pero ¿por qué? Ahora no estoy desnuda.
En sus labios se dibujó una sonrisa afectuosa.
—No es vuestra presencia lo que me sonroja, sino mi propia necedad…