Oráculo manual y arte de prudencia
Oráculo manual y arte de prudencia 23 No tener algún desdoro. El sino de la perfección. Pocos viven sin achaque, asà en lo moral como en lo natural, y se apasionan por ellos pudiendo curar con facilidad. LastÃmase la ajena cordura de que tal vez a una sublime universalidad de prendas se le atreva un mÃnimo defecto, y basta una nube a eclipsar todo un sol. Son lunares de la reputación, donde para luego, y aun repara, la malevolencia. Suma destreza serÃa convertirlos en realces. De esta suerte supo César laurear el natural desaire.
24 Templar la imaginación. Unas veces corrigiéndola, otras ayudándola, que es el todo para la felicidad, y aun ajusta la cordura. Da en tirana: ni se contenta con la especulación, sino que obra, y aun suele señorearse de la vida, haciéndola gustosa o pesada, según la necedad en que da, porque hace descontentos o satisfechos de sà mismos. Representa a unos continuamente penas, hecha verdugo casero de necios. Propone a otros felicidades y aventuras con alegre desvanecimiento. Todo esto puede, si no la enfrena la prudentÃsima sindéresis.
25 Buen entendedor. Arte era de artes saber discurrir: ya no basta, menester es adivinar, y más en desengaños. No puede ser entendido el que no fuere buen entendedor. Hay zahorÃes del corazón y linces de las intenciones. Las verdades que más nos importan vienen siempre a medio decir; recÃbanse del atento a todo entender: en lo favorable, tirante la rienda a la credulidad; en lo odioso, picarla.