El Viento en los sauces
El Viento en los sauces
Una vez volcaron sobre la mesa el contenido de la cesta, jugoso y tangible, ya no se volvió a hablar de teatro. Dirigidos por el Ratón, todo el mundo se puso a hacer o traer algo. En pocos minutos estuvo lista la cena, y el Topo, al sentarse como en sueños a la cabecera de la mesa, hasta entonces vacía, la vio cubierta de sabrosos manjares; vio las caras radiantes de sus amiguitos que se lanzaban sobre ellos sin hacerse de rogar; y como estaba muerto de hambre no tardó en seguir su ejemplo, dando cumplida cuenta de aquel festín que había aparecido como por arte de magia, y pensando que al fin y al cabo su vuelta a casa había resultado muy feliz. Mientras comían hablaron de los viejos tiempos, y los ratones de campo le pusieron al día sobre los cotilleos del vecindario, contestando como buenamente podían a los centenares de preguntas que les hacía. El Ratón decía poco o nada, ocupándose tan sólo de que cada invitado tuviera lo que quería, y en grandes cantidades, y de que el Topo no tuviera molestia o inquietud alguna.