El Viento en los sauces
El Viento en los sauces 
Las aventuras del sapo
Cuando el Sapo se vio encerrado en una mazmorra húmeda y maloliente, y supo que toda la lúgubre oscuridad de una fortaleza medieval se interponía entre él y el mundo exterior de sol y carreteras de gravilla donde tan feliz había sido últimamente, divirtiéndose a sus anchas como si hubiera comprado todas las de Inglaterra, se tiró cuan largo era en el suelo, rompió a llorar amargamente y se abandonó a la más negra desesperación.
«Esto es el final de todo», se dijo, «al menos el final de la carrera del Sapo, que viene a ser lo mismo; el popular y apuesto Sapo, el rico y hospitalario Sapo, ¡el Sapo tan libre y despreocupado y jovial! ¿Cómo puedo abrigar la esperanza de volver a verme libre, cuando me han condenado tan justamente por robar un automóvil tan hermoso de una manera tan audaz, y por insultar con palabras tan vistosas e imaginativas a un montón de policías gordos y colorados?». Los sollozos le sofocaron por un momento. «¡Qué animal más estúpido he sido! ¡Ahora me pudriré en este mazmorra, hasta que la gente que se enorgullecía de decir que me conocía se haya olvidado del nombre mismo del Sapo! ¡Oh, el sabio Tejón! ¡Oh, el inteligente Ratón y el sensato Topo! ¡Qué juicios más razonables, qué profundo conocimiento de los hombres y las cosas poseéis! ¡Oh, el desdichado y abandonado Sapo!».
