El Viento en los sauces
El Viento en los sauces Traía un guiso de verdura con patatas entre dos platos, y su aroma llenaba la angosta celda. El penetrante olor del repollo llegó a la nariz del Sapo, que rumiaba su desdicha tirado en el suelo, y le hizo pensar por un instante que la vida quizá no fuera algo tan negro y desesperado como se imaginaba. Pero aun así siguió gimiendo y pataleando, y no se dejó consolar. Así que la muchacha se retiró sabiamente por el momento, pero, por supuesto, buena parte del olor del repollo caliente se quedó dentro, como suele ocurrir, y el Sapo, entre sollozo y sollozo, se puso a olisquear y a reflexionar, y poco a poco empezó a pensar en cosas nuevas y alentadoras: en la caballerosidad, la poesía, las hazañas que aún quedaban por hacer; en extensas praderas, barridas por el sol y el viento, donde pace el ganado; en huertos, y pulcros arriates de hierbas aromáticas, y cálidos dragones acosados por las abejas; en el reconfortante entrechocar de platos en la mesa de la Mansión del Sapo, y en el chirrido de las patas de las sillas arrastradas por el suelo cuando los invitados se sentaban a comer. El aire de la estrecha celda se tiñó de rosa; empezó a pensar en sus amigos, en que seguramente podrían hacer algo por él; en abogados, en lo mucho que habrían disfrutado con su caso, y en lo imbécil que había sido por no contratar a unos cuantos; y finalmente pensó en su gran inteligencia e ingenio, y en todo lo que era capaz de hacer si utilizaba su mente privilegiada; y así se curó casi del todo.