El Viento en los sauces
El Viento en los sauces 
La orilla del río
El Topo había estado muy atareado toda la mañana, haciendo una limpieza general de su casita para celebrar la llegada de la primavera. Primero con escobas, luego con plumeros; después con una brocha y un balde de cal, encaramado a escaleras, taburetes y sillas, hasta que tuvo la garganta y los ojos llenos de polvo, salpicaduras de cal por toda su negra piel, la espalda dolorida y los brazos cansados. La primavera bullía en el aire por encima y en la tierra por debajo y alrededor de él, penetrando hasta su oscura y humilde casita con su espíritu de descontento y ansia divinos. No fue nada extraño, pues, que de repente tirara la brocha al suelo, dijera «¡Caray!» y «¡Qué fastidio!» y también «¡Al diablo con la limpieza!» y saliera disparado de la casa sin esperar siquiera a ponerse el abrigo. Algo allí arriba le llamaba imperiosamente, y se internó por el túnel empinado que en su caso hacía las veces del sendero de gravilla que tienen otros animales cuyas viviendas están más cerca del sol y el aire. Así que cavó y excavó y socavó y escarbó, y luego volvió a escarbar y socavar y excavar y cavar, moviendo afanosamente las zarpitas y murmurando entre dientes «¡Allá voy, arriba, arriba!», hasta que al fin ¡pop!, asomó el hocico al sol y se encontró rodando por la hierba cálida de una gran pradera.
