El Viento en los sauces

El Viento en los sauces

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—Y ahora —decía quedamente— vuelvo a ponerme en marcha hacia el Suroeste, que aún me quedan muchos días de camino polvoriento hasta llegar al pueblecito gris que tan bien conozco, colgado en la escarpada ladera del puerto. Allí, desde los oscuros zaguanes, se ven escaleras de piedra flanqueadas por grandes matas rosadas de valerianas, que acaban en un retazo de azul resplandeciente. Las barquitas atadas a las argollas y estacas del viejo malecón están pintadas con los mismos colores vivos que aquellas a las que me encaramaba de niño; los salmones saltan río arriba cuando sube la marea, los bancos de caballas relampaguean jugando entre los muelles y la playa, y por las ventanas se ven pasar noche y día los grandes buques hacia sus amarraderos o hacia mar abierto. Allí terminan atracando las naves de todas las naciones marineras, y allí, cuando llegue la hora, largará el ancla la que yo elija. Me tomaré mi tiempo, esperaré con calma hasta descubrir en medio del canal el barco que me está destinado, cargado ya hasta la línea de flotación, con el bauprés apuntando hacia la bocana del puerto. Me deslizaré a bordo en barca o por una maroma, y una mañana me despertarán las canciones y los pasos de los marineros, el tintineo del cabrestante y el alegre chirrido del cable al levar el ancla. Izaremos el foque y el trinquete, las casas blancas del puerto desfilarán lentamente a nuestro paso, ¡y el viaje habrá comenzado! Camino del promontorio largaremos todas las velas, y después de doblarlo sólo se oirá ya el fuerte chapoteo de las grandes olas verdes, ¡mientras el barco gana el viento con rumbo al Sur! Y tú —siguió diciendo la voz—, tú también vendrás, hermanito, porque los días pasan y no vuelven, y el Sur sigue esperándote. ¡Parte hacia la Aventura, escucha la llamada antes de que pase el momento irrevocable! ¡No tienes más que dar un porrazo y un paso alegre al frente para dejar atrás tu vieja vida y empezar una nueva! Y así algún día, algún día todavía lejano, cuando la copa esté vacía y el juego haya acabado, volverás aquí si quieres, a tu casa, y te sentarás a la orilla de tu río tranquilo con un bagaje de hermosos recuerdos para hacerte compañía. Te será fácil alcanzarme en el camino, porque eres joven, y yo voy para viejo y marcho despacio. Iré sin prisa, mirando hacia atrás, ¡y estoy seguro de que al fin te veré llegar a paso ligero, ansioso y feliz, con todo el Sur pintado en la cara!


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