El Viento en los sauces

El Viento en los sauces

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—¡Mire, gitano! Le diré lo que vamos a hacer, y es mi última palabra. Usted me da seis chelines y seis peniques en metálico, y además me deja comer todo lo que pueda, por supuesto en una sola sentada, del contenido de esa olla que tiene ahí en el fuego, que huele de un modo tan delicioso y suculento. A cambio yo le doy este caballo mío joven y brioso, con los bonitos arreos y jaeces que lleva puestos, todo de regalo. Si no le parece bien lo dice y yo sigo mi camino. Conozco a un hombre cerca de aquí que lleva años queriendo comprarme el caballo.

El gitano refunfuñó muchísimo, y declaró que si hacía más tratos así terminaría arruinándose. Pero al final extrajo un sucio talego de las profundidades de su bolsillo y dejó caer seis chelines y seis peniques en la mano del Sapo. Luego entró un momento en el carromato y volvió con un gran plato de hierro, un cuchillo, una cuchara y un tenedor. Inclinó un poco la olla, y un copioso torrente de estofado caliente y sustancioso se vertió gorgoteando en el plato. Era sin duda el estofado más suculento del mundo, pues estaba hecho con perdices, faisanes, pollos, liebres, conejos, pavos, pintadas y unas cuantas cosas más. El Sapo se puso el plato en el regazo, casi llorando de gozo, y comió y comió y comió hasta hartarse, y cuando acabó pidió más, y luego más, y el gitano se lo sirvió sin rechistar. Le pareció que no había desayunado tan bien en toda su vida.


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