El Viento en los sauces
El Viento en los sauces 
El regreso de Ulises
Cuando empezó a anochecer el Ratón, con aire emocionado y misterioso, les llamó al salón, puso a cada uno ante su montoncito y empezó a equiparles para la inminente expedición. Lo hacía con gran cuidado y seriedad, por lo que la cosa llevó mucho tiempo. Primero ciñó un cinturón a cada animal, luego metió una espada en cada cinturón, y un sable al otro lado para equilibrar el peso; luego un par de pistolas, una porra de policía, varios pares de esposas, vendas y esparadrapo, un termo y una fiambrera con bocadillos. El Tejón se echó a reír de buena gana y dijo:
—¡Muy bien, Ratoncito! A ti te divierte y a mí no me importa. Pero yo voy a hacer todo lo que tengo que hacer con este garrote.
—¡Por favor, Tejón! —le contestó el Ratón—. ¡Sabes muy bien que no me gustaría nada que luego me echaras la culpa por olvidarme de algo!
Cuando todo estuvo listo, el Tejón cogió un farol con una zarpa, su tremendo garrote con la otra, y dijo:
—¡Y ahora seguidme! Primero el Topo, porque estoy muy contento con él; después el Ratón y por último el Sapo. ¡Y escucha bien, Sapito! ¡Como te pongas a cotorrear como siempre te envío inmediatamente de vuelta!
