Las maniobras del Vaticano
Las maniobras del Vaticano La Sapiniére (de S. P., iniciales del Sodalizio Piano), sociedad secreta que se escondía tras el velo del Sodalizio Piano, organizó la lucha contra los jesuitas modernizantes, «en todo contrariamente a la primera idea y al programa oficial propuesto al Santo Pontífice Pío X, luego aprobado por el secretario de la Consistorial, no ciertamente porque sirviese al desahogo de las pasiones, a la denuncia y difamación de incorruptibles y aún eminentes personajes, de obispos y de completas órdenes religiosas que nunca hasta entonces se había visto a merced de semejantes calumnias, ni siquiera en los tiempos de su supresión. Por último, terminada la guerra, y mucho después de la disolución del Sodalizio Piano, decretada por la Sacra Congregación del Concilio, no a título de loa, por supuesto, sino de prohibición y de censura, fue promovida, completamente a cargo de un destacado y riquísimo financista, Simón de París, y de su generosa camarilla, la publicación y la pródiga difusión gratuita de los libelos más ignominiosos y críticamente incipientes contra la Compañía de Jesús, sus santos, sus doctores y maestros, sus obras y sus constituciones, aprobada solemnemente por la Iglesia. Es la famosa colección de los llamados Récalde, que sobrepasó ya la docena de libelos, algunos más voluminosos, donde se reconoce demasiado, y no se retribuye menos, la parte de los cómplices romanos. Dicha colección viene ahora fortalecida por la publicación fraterna de folletos difamatorios, los más desatinados, bajo el título general y contradictorio de Verités, émulos de las páginas gemelas de la agencia Urbs, o bien Romana, cuyos artículos se reproducen a veces en otras publicaciones». Los «integrales» divulgan «las peores calumnias» contra Benedetto XV, como se puede comprobar por el artículo aparecido a la muerte de ese Papa en la revista Vieille France (de Urbain Gohier) y en La Ronda[73] (febrero 1922), «también ésta muy lejos de ser católica o moral, pero honrada todavía por la colaboración de Umberto Benigni, cuyo nombre se encontraba registrado en la bella compañía de esos jóvenes escritores más o menos depravados». «El mismo espíritu de difamación, sostenido bajo el presente pontificado, entre las propias filas de los católicos, de los religiosos y del clero, no puede decirse cuánto mal ha hecho en las conciencias, cuánto escándalo y cuánta alienación de almas, en Francia sobre todo. Allí, en efecto, la pasión política inducía a creer con más facilidad las calumnias enviadas frecuentemente desde Roma, después de que el rico Simón y otros cómplices, de espíritu galicano y periodístico (sic) pagaron a los autores y procuraron la difusión gratuita de sus libelos, especialmente de los antijesuitas arriba mencionados, en los seminarios, en las casas parroquiales, en las curias eclesiásticas, en cualquier parte donde la calumnia pudiese arraigar; y también entre los laicos, sobre todo jóvenes, con una prodigalidad sin ejemplo».