A orillas de río Rogue

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VIII

Hacia el mes de junio, la estación estaba en pleno auge en Costa del Oro, y la animación, en consonancia, era extraordinaria en el «Ojo de Buey».

Los pescadores y elementos extraños a la ciudad, llegados expresamente para la pesca del salmón, constituían la principal clientela del establecimiento.

Keven Bell, que había tomado el hábito de ir con cierta frecuencia por allí, entró aquella tarde, una vez más con el doble propósito de pasar un rato, echar una ojeada y ver si le sería posible dar con Garry Lord. El juego y la bebida eran la total perdición de su camarada. Un hombre como él, capaz de los máximos esfuerzos y sacrificios a la hora de conseguir una buena redada, se hacía débil, como un niño, ante una mesa de juego o una botella de ron. Y así como no había quien le igualara en el arte de la pesca y su habilidad era notoria entre todos los hombres de la Costa del Oro, jugando o bebiendo era, en cambio, un desgraciado para quien el santo estaba casi siempre de espaldas, amigo de camorras y de disputas acaloradas, que le conducían con bastante regularidad a pasar las noches en las estrechas celdas del sheriff Blackwood.

El «Ojo de Buey» estaba aquel sábado atestado de su público habitual.


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