A orillas de río Rogue
A orillas de río Rogue Keven despertó a las agudas y dulces notas del canto del mirlo, que le llegaron a través de la abierta ventana de la cabaña.
Se quedó escuchando durante unos instantes, maravillado. El sordo y monótono rumor de un arroyo llegaba, desde alguna parte, como acompañamiento de la inimitable melodía. Sobre la colcha se proyectaban, haciendo pantalla a la luz del sol, las sombras de las hojas que pendían en las ramas, frente a la ventana. Con curiosidad, lanzó una ojeada a su alrededor. Se veía que aquella habitación no había servido de dormitorio últimamente. Olía a pino fresco, recién cortado. Una silla y una mesa, hechas de ramaje grueso y desbastado, eran las únicas piezas de la estancia, aparte de la cama. En la pared del fondo había una gran chimenea de piedra, sobre la cual estaba colocada la alta cornamenta de un ciervo. Adornos de junco, seco y entretejido, llenaban las paredes. Afuera, sobre el suelo del vestíbulo, que se divisaba a través de la puerta entreabierta, estaba un perro negro, profundamente dormido.
Al mismo tiempo que Keven realizaba esta ligera inspección, curioso y pensativo, se dio cuenta de que no se sentía bien. Le dolía todo el cuerpo y su frente ardía sospechosamente. El tremendo esfuerzo realizado, la humedad, la fatiga y el hambre, habían hecho su obra. Estaba enfermo.
