A orillas de río Rogue
A orillas de río Rogue Keven se arrepintió casi inmediatamente, al recordar a su padre, de la violenta escena del hotel, y corrió a su casa, para informar al viejo de lo que había sucedido y del inminente arresto que le aguardaba a menos de que pusiera tierra por medio y saliese, sin dilación, de la ciudad. Se llevó una verdadera sorpresa al comprobar que su padre escuchaba el relato de lo ocurrido con verdadera satisfacción.
—¡Eso está perfectamente, muchacho! —le dijo—. Me alegro de que hayas partido la cabeza a ese Atwell, porque cualquier día de éstos lo hubiera hecho yo mismo... De manera que los soldados le quemaron en efigie, ¿no es eso?, porque era un cobarde y jamás informó que su compañía estaba lista y dispuesta para ir a Francia... Bien; esa historia no la conocía el pueblo. ¡Pero la va a conocer!
—Me parece muy bien, papá. Pero tengo que irme en seguida. Dame las provisiones... y ya te tendré al corriente, por correspondencia, de mis andanzas río abajo, en la Costa del Oro. ¡Adiós, viejo!
