A orillas de rÃo Rogue
A orillas de rÃo Rogue Más abajo de Alameda, el rÃo se enroscaba, describiendo una especie de espiral entre dos altos macizos montañosos. Keven lanzó una última mirada hacia el puente arruinado, hacia los gesticulantes e irritados policÃas y hacia el abandonado molino de ganga mineral. Todo ello, en un instante, desapareció de su campo visual, y entonces se dio cuenta de que, con aquel eclipse, era la civilización lo que quedaba atrás. En las cien millas venideras, el Rogue atravesarÃa terrenos vÃrgenes, inexplorados y sin otra ley que no fuese la del más fuerte o más audaz. Las escarpaduras se hacÃan más agrestes, como para ponerse en consonancia, y se convertÃan en fuertes y altos despeñaderos, verdaderos nidos de águila, que la planta humana no osaba profanar...
—FÃjate en eso, muchacho —le gritó Garry—. Se trata del Argo, un sitio que no es fácil de navegar. Hay que manejar los remos como el mismo diablo para no apartarse de la derecha. Tenemos que sortear un largo arrecife.
Al salir de la última vuelta de la espiral, se presentó a la vista de los navegantes una gran hendedura, tras de la cual se mostraban, emergiendo de las aguas, una serie de rocas oscuras, salpicadas de manchas de cuarzo blanco.
